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Beatriz Iraburu, (Pamplona 1951). Periodista. Ha sido corresponsal del Grupo Correo (Vocento) en Londres, París, Washington y Roma. En 1990 recibió el premio “Cirilo Rodríguez” para corresponsales españoles en el extranjero. Vive parte del año en Menorca. En 2002 le fue diagnosticado un tumor de mama y, en 2008, publicó el libro: “Cáncer de mama. Claves y relatos”. Es vicepresidenta de la Fundación Internacional para la Difusión de las Artes y Humanidades (FIDAH) y miembro del Patronato de la fundación Development and Research Associates (DARA).

 

P: ¿Puedo tratarle de tú?

R: Bueno.

P: Háblame un poco de ti.

R: No creo que vaya a descubrirte gran cosa. Desde que tuve uso de razón quise ser periodista. Siempre he visto la información, la buena, la que no banal ni sesgada, como una fuente de libertad porque ayuda a saber y, a veces, a escoger. Empecé en el Diario de Mallorca. Allí gane mi primer sueldo, en 1976, ocupándome de temas políticos en plena Transición.  Entonces estaba bien lejos de sospechar que mantendría una vinculación de por vida con las Baleares: empecé a venir a Menorca a mediados de los Ochenta  y hasta hoy.

P. A los 28 años fuiste a Londres como corresponsal.

R: El Correo de Bilbao, cabeza de un grupo de prensa con diarios en media España, me ofreció el puesto y me pareció una oportunidad maravillosa.  Al principio fue duro, pero perseveré y acabó siendo una época estupenda. Viví muy de cerca el conflicto de Irlanda del Norte, escribí sobre cosas muy variadas, como ocurre siempre en las corresponsalías. Pero, por aquel entonces, sentía mis destinos como pasajeros: quería conocer más mundo. A los tres años, mis jefes me propusieron trasladarme a París. No lo dudé.

P: ¿En qué consiste el trabajo de corresponsal?

R: Pues en estar al tanto de lo que sucede en áreas muy variadas del país de residencia  –su vida política, económica, cultural, hasta deportiva…-  seleccionar lo que puede interesar a lectores españoles, enterarte lo más posible y contarlo con rigor y claridad intentando captar el interés del público. Hay que estar obsesivamente pendiente de la actualidad y, al mismo tiempo,  dar una idea de cómo es y cómo “respira” el país, entrevistando a gente significativa, haciendo reportajes. No es un trabajo reposado.

P: Ni monótono.

R: A poco que te esfuerces, te aporta una gran riqueza: aprendes mucho. En París estuve 6 años, casi el doble que en Londres. Conforme vas haciéndote mayor te cuesta más cambiar. En 1989 El Correo decidió abrir una corresponsalía en Washington y me ofreció el puesto.  Profesional y personalmente estaba muy a gusto en París, pero sabía que si rehusaba ese reto acabaría arrepintiéndome. Pasé 8 años en Estados Unidos. Al cabo, empecé a añorar Europa. Pedí  volver. Me ofrecieron ir a Italia, país hermoso y caótico donde los haya.  En 2001, tras más de dos décadas en el extranjero, quise tomarme un respiro, en parte para  acabar de rehabilitar una casa que había comprado  en el norte de Navarra.  Pensé que era hora de volver a España y ejercer mi oficio de manera más sosegada. Estaba en pleno “año sabático” cuando me diagnosticaron el cáncer de mama.

P: Habrá quien piense que no fue coincidencia el que la enfermedad apareciera  en un momento de cambio radical.

 R. Pues se equivocará de medio a medio. Hay mucha fábula en torno al cáncer, y en especial al de mama. En general, pasan varios años antes de que un tumor adquiera entidad suficiente para que sea detectable. Hay estudios que prueban, de manera concluyente, que la mente y los estados de ánimo no influyen en la aparición de un cáncer de mama, y tampoco en el efecto de los tratamientos. Una actitud positiva sirve para sobrellevar mejor lo que sucede y tener mejor calidad de vida, no para variar el proceso en sí. De modo que nadie debe culpabilizarse, ni por tener un cáncer, ni por que las terapias sean menos eficaces o de efectos más lentos de lo deseado.

P: El diagnóstico no fue del todo una sorpresa ¿verdad?

R: El cáncer ha estado muy presente en mi familia. Mi padre murió a los 59 años de un tumor de páncreas. Una hermana de mi madre falleció de cáncer de mama. Más de una vez se me había pasado por la cabeza que un día me podía tocar. Son cosas que piensas, pero, cuando me lo diagnosticaron, no tenía la menor sospecha o indicio de lo que me estaba pasando.  Encontraron  un tumor grande y micrometástasis en cuatro ganglios. Mastectomía. Quimioterapia. Radioterapia. Hormonoterapia.  Pasé la tormenta en la casa  de Navarra.

 P: ¿La recuerdas como una época muy dura?

R: Objetivamente, lo fue. Por las pérdidas: la mama, la energía, el pelo, las cejas, las pestañas -como a casi todo el mundo que recibe una quimio muy agresiva se me cayó el pelo y, a diferencia de la inmensa mayoría, no he vuelto a recuperarlo del todo- además de otros efectos secundarios penosos; por la incertidumbre, y, en grandísima medida, por el dolor que mi enfermedad causaba a las personas queridas. La onda emocional de una dolencia grave alcanza  a todo tu mundo. Yo me sentí, y fui, excepcionalmente cuidada, protegida, con esa persistencia y generosidad que da el amor.  En eso he sido una privilegiada.

P. La enfermedad no sólo quita, ¿verdad?

R. Por supuesto: también da. Intensifica luces y sombras, en ti y en quienes están junto a ti. Y te obliga a tocar miedos y misterios, incluida la eventualidad de tu propia extinción. Emerges yo creo que más sabia, fortalecida.  Incluso cuando la recuperación se tuerce, hay pacientes que se descubren una serenidad nueva a la hora de encarar la situación. De todos modos,  yo hubiera preferido no tener un cáncer de mama y me alivia haber pasado hasta ahora las revisiones sin novedad. Que dure. 

P: ¿Escribiste algo mientras estuviste enferma?

R: De cuando en cuando tomaba notas, pero no hice un diario ni nada por el estilo. Curiosamente, no sentí la necesidad. Apuntaba cosas a veces porque ya se sabe que el tiempo acaba difuminando incluso las experiencias más fuertes y no quería olvidar lo que me estaba sucediendo. Pero no utilicé esas notas en el libro que, finalmente, escribí.

P: ¿Por qué no?

R: Porque no es un libro sobre mí. Los escritos autobiográficos de gentes que han vivido la enfermedad me parecen importantes, sobre todo dado que la palabra cáncer sigue siendo, para muchos, difícil de pronunciar. Pero no era eso lo que yo quería hacer. Quería describir en un lenguaje claro qué es el cáncer de mama, qué factores influyen, cómo se trata, qué efectos físicos, psicológicos, familiares, sociales, sexuales, hasta laborales puede ocasionar, los mitos y falsas ideas que le rodean, el fraude de la mal llamada “medicina alternativa”, los avances terapéuticos…

P: Las múltiples vertientes de la enfermedad.

R: En realidad, no he hecho sino ejercer mi oficio: he buscado buena información y la he transmitido de modo comprensible. Dediqué más de cuatro años a ese trabajo. Entrevisté  a decenas de pacientes y de expertos, tuve la ayuda de diez señoras que accedieron a contar su experiencia en la segunda parte del libro –la dedicada a Relatos-, una de ellas mi amiga Ana Pons, de Sant Lluís. La parte descriptiva (Claves) fue supervisada por Esther Mahillo, doctora en Ciencias Biológicas y coordinadora durante ocho años del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama: Esther tuvo buen cuidado de que no se deslizara ningún  error científico. Ha sido, en suma, un trabajo concienzudo. Yo creo que, también cuando se sufre un cáncer de mama, la información es poder, en el sentido de que se entiende  mejor lo que se está viviendo, permite preguntar y comprender las respuestas y ayuda a veces a escoger entre distintas opciones terapéuticas la más conforme con el temperamento y el modo de entender la vida de cada cual.

P: Me parece que estamos abusando ya de la ciber-hospitalidad  de ALBA. ¿Dejamos la auto-entrevista aquí?

R: La dejamos. Una cosa nada más. Si alguien conociera esta Asociación únicamente por las cosas que hace pensaría que está radicada en una ciudad enorme y que cuenta con legiones de socias, tal es la energía y la creatividad que despliega. Sólo a Alba se le podía ocurrir la idea de la auto-entrevista. Amigas menorquinas: sois únicas.

 
 
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